9 dic 2013

Te conocí


"No se puede seducir si no se cuenta con la capacidad de salir de la propia piel y entrar en la de otra persona, penetrando en su psicología. La clave del lenguaje seductor no son las palabras que emitimos o su tono de voz seductor, sino un cambio radical de perspectiva y hábito. Hay que dejar de decir lo primero que se nos ocurra; hay que controlar el impulso de parlotear y dar rienda suelta a nuestras opiniones. La clave es considerar las palabras como herramientas, no para comunicar pensamientos y sentimientos verdaderos, sino para confundir, deleitar y embriagar".

El arte de la seducción por Robert Greene.

Había sido una noche intensa en la discoteca. Pasadas las horas, el licor hacía su efecto en todos nosotros con expresiones alegres y bulliciosas; algunas parejas bailaban frenética o cadenciosamente, mientras otras conversaban animadas. La conocí cerca de las dos de la madrugada. Su mirada me cautivaba... y yo sabía que la seducía. Pasé a su lado y, al rozar mi mano con la suya, me detuve, la miré y sonreí levemente. Entonces ella me respondió con un guiño. Nunca me dominó un deseo tan dulce. A continuación, comenzamos una charla en la que me dio a entender que le gustaría pasar la noche conmigo. En ese preciso instante, cogí su mano y la besé lentamente mientras la atraía firmemente hacia mí. El pulso parecía que me iba a estallar ante tantísima belleza y sensualidad personificada. La llevé a mi hotel, en el que estaba instalado temporalmente por unos asuntos que me trajeron a aquella ciudad, y, entre sombras, pasamos una de esas noches que no se olvidan. La pasión cortaba el aire que entraba por la ventana, desgarrando su libido lujuriosa sobre cada rincón de la habitación. Ella arañaba mi espalda como una tigresa en celo; yo le daba lo que ella quería. Al despertar, ella se había ido y, en una nota, en la mesita, leí:

"Me has hecho renacer: 6660569...".

Amanece en la ciudad. Las persianas inician una orquestina de crujidos de plástico contra acero y los cafés van desprendiendo su sutil aroma de despejada franqueza. Una nota. Un número. Esa mañana me levanté con una sonrisa que me invadía el alma. Miré por la ventana y, bajo el día gris y lluvioso, pensé que jamás había visto tantísima luz. Decidí hacerme el interesante y esperar unos días antes de llamarla, pero, cada vez que miraba el trocito de papel con aquella frase, sonreía con la misma ilusión que un crío el día de Reyes. La llamé pero nadie contestaba. Un rato después, mi móvil comenzó a vibrar:

— ¿Hola? — pregunté casi antes de descolgar.

— Hola. ¿Cómo estás? — contestó una voz femenina que no me pareció reconocible.

— Muy bien. Perdona pero... ¿Quién eres? — Tras una breve pausa, me contestó la misma voz con cierta duda:

— ¿El ave Fénix?

No cabía duda: era ella otra vez.

— Has tardado en llamarme.

Quedamos en una cafetería céntrica. Allí estaba ella, sentada en una mesa, con su mirada hipnótica capaz de derretir un iceberg. Por un momento me temblaba hasta el pulso. Tomé aire y me acerqué lentamente a su mesa, mientras ella me miraba con una sonrisa pícara que volaba hasta sus ojos. Nos sentamos y nos miramos durante varios segundos que se hicieron eternos. Me incliné para besarle la mejilla, pero ella giró su cara, rozando con sus labios los míos. Estaba ardiendo por dentro. Su mirada me traspasaba el alma como si de una hoja de papel se tratase. Esta vez fue distinto. Ella me citó en otro hotel varias horas después. Para la ocasión, me enfundé en un traje negro, de corte impecable, y, tras rematar con un toque sutil de aftershave, me miré al espejo, sonreí y salí directo al encuentro. Al llegar a la habitación, me encontré la puerta entreabierta y allí estaba ella, como una diosa reposada sobre un sofá, junto a la cama cubierta con sábanas blancas, y pétalos de rosa esparcidos por el suelo. La elegancia de su presencia inundaba el aire de una manera mágica. Su lencería blanca hacia que mi corazón se acelerase tanto, que creía que iba a estallar. Cerré la puerta de la habitación y me quedé de pie a escasos metros de ella, mirándola con una sonrisa abrumada, a la vez ella me miraba como una gata en celo. Me acerqué a ella y comencé a aspirar el olor de su cuello, mientras la besaba dulce y lentamente. Saltaban chispas como para alumbrar aquella cálida habitación y las restantes del hotel. Bajo el influjo de la tormenta, consumamos nuestro segundo encuentro; labios fugaces que se cruzan en una noche de lujuria inolvidable. Caricias furtivas y susurros mágicos. Eres mi momento feliz del día.

Amanecer. Otra nota:

"Serás mi paraíso".

Deseo: Anhelo de saciar un gusto.

Esa mañana me levanté con cierta confusión, desconcertado. ¿Quién era aquella mujer, que, como los vampiros, desaparecía al amanecer? Algo me encadenaba a ella, un hilo transparente que nos ataba a la pasión, por sucumbir el deseo. Me duché, dejé la habitación del hotel y subí a mi coche, dispuesto a pensar mientras escuchaba esa canción. Dejé que mi coche me llevase a cualquier lugar mientras se sucedían los interrogantes en mi mente: ¿Una aventura? No busca nada más. Tendrá pareja, estará casada, un rollito de una noche. Sería lo más lógico. Las dudas invadían mi mente, empujadas por tanto secretismo y misterio que me desconcertaban pero incrementaban en mí esa sensación de querer volver a verla. Pasaron los días y volví a llamarla, pero la voz de una operadora me advirtió de que ese número no estaba disponible. Con una leve sonrisa en los labios, pensé: "Bueno, estuvo bien mientras duró". Pero no fue así. Los días pasaban y no sabía absolutamente nada de ella hasta que, un día, sonó mi móvil:

— ¿Hola? Un silencio me respondió, hasta que, cuando me disponía a colgar, escuché una voz que me susurró:

— Hola. ¿Quieres volver a verme?

Necesitaba verla una vez más, ya que miles de dudas invadían mi mente, así que decidí quedar con ella sin falta. Me había vuelto adicto a aquella mujer.

Me encendí un cigarrillo mientras contemplaba la ciudad desde aquella terraza; una ciudad que me invitaba a soñar con vidas ajenas paseando por sus calles, coches recelosos alertando al viandante que deambulaba por sus rincones llenos de vida, mientras millones de historias se reflejaban en cada escaparate. Ojos que nunca mienten. Besos robados y caricias perdidas bajo aquel balcón. Luces y carteles que comenzaban a iluminar aquella oscuridad que tanto me gustaba. La noche... Dueña de bohemios y soñadores. De amantes que se abrazan bajo la luz de la luna. De refugiados que se consuelan con la belleza del sonido del mar.

Me volví para coger mi copa y allí estaba ella, suave en sus movimientos, mirándome con aquella sonrisa, desnudando mi alma por dentro. Se acercó a mí y me jadeó, tras suspirar, al oído: — Hoy no quiero palabras. ¡Tan sólo ámame! — Y la amé.

En aquel reencuentro ella me comentó que no permanecería mucho tiempo en la ciudad. Yo tampoco quería romper ese misterio, a pesar de que me consumía la intriga de saber más sobre esa fascinante mujer. Sin embargo, la idea de mantener ese halo de misterio me embriagaba profundamente. Menuda contradicción.

Le hice una proposición:

— Sólo quiero que pases un último fin de semana conmigo. Déjame demostrarte que puedo amarte como nadie lo hará jamás. — mientras la cogía de su mano, con una dulce sonrisa. Ella accedió y nos dirigimos a un apartamento junto al mar a través de una carretera de montaña con curvas tan sutiles como su presencia arrolladora de fémina de película. Un atardecer perfecto nos guiaba por aquellos maravillosos paisajes. Llegamos a la habitación y salimos a la terraza. Ella se acercó a la barandilla en silencio y se fundió con la magia del lugar, el cielo estrellado como fondo, el mar como banda sonora y aquella sonrisa que tanto me gustaba. Se giró con un leve pestañeo, me cogió de la mano y me miró a los ojos con la cabeza ladeada. Jamás olvidaré las palabras que salieron de su boca:

— ¿Sabías que tú y yo fuimos amantes eternos en una vida anterior? —  susurró — Amantes que murieron y almas que siguen encontrándose hasta el fin de la eternidad. Y, aferrando mi mano en la suya, lo único que podían decir sus labios en ese instante mediante un leve susurró fue:

 — Hazme tuya una vez más.

La llevé a la habitación y desaté toda mi pasión por ella:

— Ven. Esta noche acariciarás el cielo con la punta de los dedos.

Después de pasar la noche juntos, seguía extasiado por el placer de tenerla a mi lado una vez más. Miraba su cuerpo desnudo mientras ella aún dormía y me sentía el hombre más poderoso de la faz de la Tierra. Acaricié su pelo y me levanté para fumar un cigarrillo, mientras la contemplaba desde la terraza. ¡Qué invitación a la lujuria, qué magnetismo animal desprendían todos y cada uno de los poros de su ser! Me enloquecía sólo de verla. Me volví y contemplé el mar. Esa sensación de bienestar y libertad recorría mi cuerpo haciéndome sonreír, siendo consciente de la afinidad que me correspondía por derecho con ella. No quería pensar que esto, tarde o temprano, tendría que acabar, ya que, en esta vida, todo tiene un principio y un final. Pero hoy tenía el don de parar el tiempo a mi favor, así que volví a ella como si un imán me hechizara, invitándome a soñar despierto una vez más. Le aparté el pelo del rostro y la besé mientras ella, entre pequeños gemidos, me acariciaba el muslo. Mis dedos peregrinaban sobre sus pechos de marfil, mientras nuestros sentimientos se volvían totalmente salvajes.

Sus lados son curvas suaves. Vuelta a empezar. La llamada.

Aquel fin de semana terminó y llegamos a la ciudad. La dejé donde ella me dijo, nos miramos, ella me guiñó el ojo, cogió mi mano y la aferró con fuerza mientras dos lágrimas temblaban en sus ojos. No le pregunté nada ni le dije una sola palabra. Hay miradas que son más cómplices que miles de palabras. Bajó del coche y desapareció. El tiempo pasó.

Los días...

...las semanas y, finalmente... los años.

Hasta el día de hoy no sé nada de ella. Pero aún conservo sus dos notas de papel. Esperando. No obstante, como todos sabéis, la vida sigue y la gente viene y va, como el día y la noche. Quién sabe. Hay veces en las que hay cosas que es mejor no saber. La vida continúa esperándonos con los brazos abiertos a miles de historias. Tal vez, no hubiese sido un mal final para esta historia, pero no fue así como pasó:

— ¡Nooooo! ¡No puede ser!

— Tranquilo, sabías que esto podía pasar. Accediste al programa sabiendo que aún era algo experimental.

— Maldita sea, ¡pero aún puedes hacer algo!

— Sabes que no. Tú lo creaste. (Incliné la cabeza en silencio, con resignación) Has hecho algo maravilloso. Conseguiste crear un programa para que las personas en coma pudieran vivir un sueño integrado por ordenador. Lo probaste con tu propia esposa después de aquel terrible accidente de coche. Construiste un mundo perfecto para ella, durante tres años, creando situaciones mágicas e inolvidables sólo para tu mujer. Pero hoy su corazón dejó de latir, aquí en la tierra, porque sabes que hay un sitio en el que ella seguirá latiendo por ti hasta el día que os reencontréis. Lo siento en el alma, compañero. Has hecho todo lo que estaba en tus manos.


9 comentarios:

  1. Hola Sr. Lust. Lo he ojeado un poco por encima y te puedo decir que lo que he visto me gusta.
    Un abrazo

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    1. Hola Carmen. Muchas gracias por tu visita, lectura y comentario. Un abrazo. :)

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  2. Sr Lust
    Me atrapo desde el primer momento.
    La sutil pero ardiente forma de llevar el relato remueve cuerpo y alma.
    Gracias.

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    1. Ey, no vi este comentario. Muchas gracias por leerlo y me alegro de haberte provocado ese sentimiento.

      Gracias, seas quien seas... :)

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  3. Me ha encantado esto señorito Lust

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    1. Jajaja. Muchas gracias por su opinión, señorita Lalus. Un honor verla por estos lares. XD

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  4. Tengo que decir que me encanta como te atrapa y te transporta al lugar donde sucede como si lo vivieses en primera persona y como se desenvuelve la trama increíble y el final brutal 😍😍😍😍

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    1. Pues me dejas sin palabras, y eso es difícil en mí, eh. Gracias, Domino. Me alegro muchísimo de que te gustara, en serio. XD

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